Morir, o dejar morir esa versión de nosotros. Quitarnos esa piel rota, para renacer . Morir, o dejar morir, esa versión de nosotros que aún respira en los pliegues del pasado. Esa forma anterior, tejida de recuerdos, de sensaciones que se resisten, de emociones que han perdido su nombre. A veces, renacer no es otra cosa que un acto de destrucción: despojarnos de esa piel rota que ya no nos contiene, como la serpiente que abandona su sombra para crecer poco a poco. Dejar morir es también un modo de amar lo que fue, porque toda despedida auténtica guarda la semilla de una resurrección. Cada fragmento que soltamos, cada memoria que dejamos flotar en la corriente del tiempo, nos devuelve al principio, a la posibilidad de ser distintos, o más fieles a lo que nunca dejamos de ser. Quizá ese desprendimiento no sea una pérdida, sino una forma secreta de eternidad, la conciencia, al mudar de piel , se reconoce a sí misma como algo que ni el tiempo ni la muerte pueden del todo borrar.