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Mostrando entradas de octubre, 2025

Té de manzana en Estambul...

Estambul amanece con una brisa leve, casi como un susurro.  El cielo, esa inmensa cúpula que alguna vez vieron los griegos, los romanos los persas y los otomanos, se cubre de nubes transparentes, donde el aire huele a té de manzana y miel, a azafrán, a maíz dulce y al pan recién horneado que flota desde los puestos de simit. Llegamos después de dieciséis horas de vuelo, como quien despierta dentro de un sueño que lleva siglos repitiéndose. Esta tierra, que no pertenece del todo a Oriente ni a Occidente, es más que una ciudad, es una encrucijada del tiempo, un espejo donde se cruzan las civilizaciones y las almas. Nuestra primera parada es en Eyüp, en la colina de Pierre Loti. Desde aquí, el Cuerno de Oro se abre como una página de historia aún húmeda de tinta, en días de sol brilla como el mejor de los metales. El horizonte tiene el color incierto del cobre, y las mezquitas parecen flotar entre la bruma del amanecer. Eyüp Sultan Mezarligi El té turco, oscuro, fragante, tiene ese al...

Sobre el olor y la memoria...

Hay en el ser humano un don que limita con la alquimia: la memoria olfativa. A nivel físico consiste en la conexión directa entre el bulbo olfatorio y el sistema límbico, esa zona oscura donde habitan la emoción y el recuerdo. Pero más allá del dato anatómico, lo que asombra es su naturaleza de puente: un aroma, leve e invisible, puede reconstruir con exactitud un instante perdido, una casa derruida por los años, el rumor del mar que no se escucha sino en la memoria. No es casual que los recuerdos ligados al olor sean los más persistentes. El tiempo los toca, pero no los desgasta. Quizá porque el olfato, a diferencia de la vista o del oído, no razona, reconoce . Un simple perfume basta para reanimar la sombra de una abuela; el aroma a bizcochitos recién horneados es, para mí, el olor del amor de la mía; el chocolate caliente me abraza como lo hace mi madre. El olor del césped recién cortado me devuelve a la infancia, y el bloqueador solar me abre la puerta a un verano olvidado, a ese e...

El aire que respiro...

Casi década y media respiré humo en lugar de aire. Si hiciera el cálculo, como quien mide el tiempo con ceniza, habrán sido más de tres mil cigarros, pequeñas hogueras que ardían en mis labios. Esas pequeñas ofrendas al fuego que me habita.  Al principio era apenas un ritual esporádico, fumaba con la inocencia de quien no sabe que todo rito engendra su propio laberinto; con los años, el cigarro se volvió una extensión del pensamiento, una sombra fiel, y terminé fumando más de diez al día. En los días de “estrés” casi llegaba a una cajetilla entera. Tenía encendedores dispersos como amuletos, uno en cada abrigo, otro en el bolso, varios en casa. Era una red de seguridades mínimas por si alguno moría antes de encender el siguiente cigarro. Todo en mí olía a humo, mi ropa, mis libros, mis manos, la almohada, el aire detenido en las cortinas.  Amaba el café matinal acompañado por la brasa, el cigarro que se encendía para el frío, para la amistad, para el amor, para el cansancio. E...