Estambul amanece con una brisa leve, casi como un susurro. El cielo, esa inmensa cúpula que alguna vez vieron los griegos, los romanos los persas y los otomanos, se cubre de nubes transparentes, donde el aire huele a té de manzana y miel, a azafrán, a maíz dulce y al pan recién horneado que flota desde los puestos de simit. Llegamos después de dieciséis horas de vuelo, como quien despierta dentro de un sueño que lleva siglos repitiéndose. Esta tierra, que no pertenece del todo a Oriente ni a Occidente, es más que una ciudad, es una encrucijada del tiempo, un espejo donde se cruzan las civilizaciones y las almas. Nuestra primera parada es en Eyüp, en la colina de Pierre Loti. Desde aquí, el Cuerno de Oro se abre como una página de historia aún húmeda de tinta, en días de sol brilla como el mejor de los metales. El horizonte tiene el color incierto del cobre, y las mezquitas parecen flotar entre la bruma del amanecer. Eyüp Sultan Mezarligi El té turco, oscuro, fragante, tiene ese al...