A nivel físico consiste en la conexión directa entre el bulbo olfatorio y el sistema límbico, esa zona oscura donde habitan la emoción y el recuerdo. Pero más allá del dato anatómico, lo que asombra es su naturaleza de puente: un aroma, leve e invisible, puede reconstruir con exactitud un instante perdido, una casa derruida por los años, el rumor del mar que no se escucha sino en la memoria.
No es casual que los recuerdos ligados al olor sean los más persistentes. El tiempo los toca, pero no los desgasta. Quizá porque el olfato, a diferencia de la vista o del oído, no razona, reconoce.
Un simple perfume basta para reanimar la sombra de una abuela; el aroma a bizcochitos recién horneados es, para mí, el olor del amor de la mía; el chocolate caliente me abraza como lo hace mi madre. El olor del césped recién cortado me devuelve a la infancia, y el bloqueador solar me abre la puerta a un verano olvidado, a ese espacio sagrado donde el tiempo parecía no pasar.
Sospecho que la memoria olfativa es una forma del tiempo que se niega a morir. Cuando percibimos un aroma del pasado, no lo recordamos, lo habitamos de nuevo. Es en ese instante efímero, donde el presente y la memoria se confunden, como si el alma, incapaz de distinguir entre ambos, respirara por un momento en la eternidad.
A veces me asalta el olor del otoño en la calle Fraser, o el romero y el laurel de la cocina de Sharon. Hoy habito la lluvia, con su olor a tierra mojada, a páginas de libro arrugadas por el agua, a hojas que caen en picada desde lo más alto de los arboles.
El olor de las hojas que crujen bajo nuestros pies es también un lenguaje, una manera del mundo de decirnos que nada se pierde del todo. Hoy, mientras respiro, construyo ese puente.

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