Estambul amanece con una brisa leve, casi como un susurro.
El cielo, esa inmensa cúpula que alguna vez vieron los griegos, los romanos los persas y los otomanos, se cubre de nubes transparentes, donde el aire huele a té de manzana y miel, a azafrán, a maíz dulce y al pan recién horneado que flota desde los puestos de simit.
Llegamos después de dieciséis horas de vuelo, como quien despierta dentro de un sueño que lleva siglos repitiéndose. Esta tierra, que no pertenece del todo a Oriente ni a Occidente, es más que una ciudad, es una encrucijada del tiempo, un espejo donde se cruzan las civilizaciones y las almas.
Nuestra primera parada es en Eyüp, en la colina de Pierre Loti. Desde aquí, el Cuerno de Oro se abre como una página de historia aún húmeda de tinta, en días de sol brilla como el mejor de los metales. El horizonte tiene el color incierto del cobre, y las mezquitas parecen flotar entre la bruma del amanecer.
Eyüp Sultan Mezarligi
El té turco, oscuro, fragante, tiene ese algo hipnótico. Su aroma asciende como una invocación a todos los que alguna vez miraron este mismo paisaje y creyeron, ingenuamente, que lo comprendían. Acompasado de ese otro olor a libros antiguos, a tabaco y ceniza, a tierra mojada y a grandes promesas.
Si cierro los ojos, oigo un murmullo antiguo, voces que se cruzan en el Mármara, entre Asia y Europa, sobre Ayasofya, entre siglos y multitudes. La brisa arrastra ecos del Gran Bazar: regateos, risas, discusiones que parecen disputas pero son apenas música cotidiana.
Trae también el rumor de los pescadores en el puente de Gálata, el roce metálico de los tranvías en Taksim, el llamado a la oración que se desliza, como un hilo invisible, desde las cúpulas hasta el mar.
El Bósforo suspira. En su respiración cabe la historia del mundo. Ha visto pasar tantos imperios, peregrinos y naufragios, sin perder jamás su cauce, construyendo puentes entre el instante y la historia.
Quizá por eso Estambul no envejece. Porque cada otoño respira y renace, cuando las hojas de esos árboles centenarios caen sobre las calles húmedas de Sultanahmet y el aire se tiñe de melancolía. Ahí, justo ahí, la ciudad parece recordar que es todas las ciudades del tiempo, Bizancio, Constantinopla, y también la Estambul de los viajeros que, como yo, la sueñan antes de conocerla.
Todo parece un recuerdo extraviado, con esa sensación de haber estado aquí antes, en otra vida tal vez...

Comentarios