Al principio era apenas un ritual esporádico, fumaba con la inocencia de quien no sabe que todo rito engendra su propio laberinto; con los años, el cigarro se volvió una extensión del pensamiento, una sombra fiel, y terminé fumando más de diez al día. En los días de “estrés” casi llegaba a una cajetilla entera.
Tenía encendedores dispersos como amuletos, uno en cada abrigo, otro en el bolso, varios en casa. Era una red de seguridades mínimas por si alguno moría antes de encender el siguiente cigarro. Todo en mí olía a humo, mi ropa, mis libros, mis manos, la almohada, el aire detenido en las cortinas.
Amaba el café matinal acompañado por la brasa, el cigarro que se encendía para el frío, para la amistad, para el amor, para el cansancio. Era un aroma que se pegaba al alma, como una niebla envolvente. El humo era el lenguaje secreto de las cosas que me mantenían en pie.
Pero el destino, que a menudo se disfraza de tragedia, trastocó el sentido de aquel olor. El cigarro empezó a saber a ausencia, a la sombra de un rostro que el tiempo borró con paciente crueldad, y ese mismo olor, que antes era refugio, se volvió presagio.
Olía a pasado, al vacío, al eco de una voz que ya no respondía, o tal vez si responde, cinco metros bajo tierra. Desde entonces fumar fue una forma de recordar lo irrecuperable; y el cuerpo, que no ignora lo que la mente finge, comenzó a rechazar el ritual con náuseas, cansancio y hastío.
Me deshice de las cajetillas, de los encendedores, de los ceniceros improvisados. Cuando el deseo me tentaba, me obligaba a caminar seiscientos metros hasta el puesto de Don Roque, que vendía cigarros por unidad.
Esa distancia se convirtió en una alegoría trepada en tacones de seis centímetros, cada paso era un desprendimiento, un intervalo de aire entre ese fuego que aún me habita y el vacío. Sin darme cuenta, cambié de vicio, y con él, el aire que respiro.
Un día de abril, obedeciendo a una intuición más que a una voluntad, me lancé a una piscina, en un carril de 1 metro de ancho por 25 metros de ahogo. El agua me recibió con la serenidad de quien conoce todos los naufragios.
Al principio apenas nadaba cinco metros antes de ahogarme. Tenía que salir a buscar aire como si acabará de nacer, y cada bocanada era una resurrección breve. Desde entonces, las mañanas huelen a cloro, no a ceniza. El cabello, la piel, los dedos conservan ese aroma limpio, a agua mineral y vestieres llenos de vapor caliente.
Hoy, siete meses después, nadé mil seiscientos veinticinco metros seguidos, en calma, sin miedo. Nado con la mente suspendida, sin pensar o pensando en todo: otra brazada, respira, endereza el brazo, no te hundas, patea más suave, respira. En el agua no hay tiempo, solo un pulso que evita que toques fondo.
Respiro profundo, respiro ese aire limpio que entra y sale, ese aliento que ya no quema. A veces pienso que el humo y el agua son el mismo espejo: uno me devoraba mientras el otro me enseña a respirar.
Quizá todos cambiamos de elemento sin darnos cuenta, del fuego al agua, del vicio al pulso, del humo al aire, y en cada tránsito dejamos una versión nuestra que se disuelve, como ceniza que se eleva llevada por el viento o como cuerpo que nada y avanza.
De pronto vivir consista únicamente en eso: en aprender a reconocer entre la ceniza y el cauce, en realizar la incesante tarea de seguir existiendo, seguir respirando.

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